lunes, 27 de mayo de 2013

Cinco poemas de una prostituta.

Me pagan dólares que sacan
de aquella billetera,
esa donde tienen fotos
de su esposa e hijas.
Saca los billetes con
sus dedos,
dedos que me tocaron con ansiedad,
con necesidad,
esos dedos que huelen a mi cuerpo.
Y yo quedaré solamente
en ese lado
donde sus dedos rozaron
la billetera, mientras las fotos
durarán toda la eternidad.

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Me desean, lo sé.
Los mantengo en el placer
y en el éxtasis por un momento.
Yo no, lo tengo claro.
Me gusta vestirme bien,
me gusta tener dinero.
Me gusta dar placer,
hacerlos retorcer,
pero más me gusta
complacerme con pequeños detalles,
esos que yo misma me doy.
Yo importo, ellos no.

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Nunca les miraba la cara,
nunca les miré los ojos ni les pregunté su nombre,
hasta que llegó uno que lo hizo, y hablamos.
Hablamos, hablamos,
todo de mi, nada de él.
Lo hicimos con amor,
como nunca lo había hecho con alguien,
ahora él me hacía retorcerme del éxtasis y placer,
pero nunca lo volví a ver.
Desde ése día, les miro el rostro,
esperando que sea él,
que sea de nuevo él.

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Mi cuerpo es el deseo,
el deseo es el sexo.
Las llamas están en mi cuerpo,
el señor está en llamas.
Mi cuerpo tiene placer,
placer adictivo, placer enfermo,
placer con un desconocido.

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Lujuria
Eso que todos creen que es tan impuro.
Ese deseo sexual que es tan común,
y a la vez un tabú.
Los curas son lujuriosos,
las profesoras,
las enfermeras.
¿Por qué te asustas cuando te ofrezco sexo?
Asústate más cuando un cura te lo ofrezca,
pero a mi no me pongas esas caras.

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