martes, 4 de septiembre de 2012

Un gusto ambiguo.


Se me hace raro volver a esto de nuevo. Aquí o allí, todo está igual.
-¿Viste la luna hija? –me dijo mi padre desde el pasillo asustándome un poco con su tono normal de voz.
Doy vuelta la cabeza y miro mi ventana. Esa ventana que transparente y estática ha reflejados momentos pasados que ya casi he olvidado. Un poco más allá de los libros imaginarios que se reflejan de la estantería, hay algo más, una luna gigantesca brillando en la oscuridad. No puedo apreciar bien su majestuosidad, estoy pegadísima a las letras que emanan del computador, esta entrada ha sido especial. No veía la página hace meses, pero esta sí ha sido la decisiva.
<<Lo morao’, free Winona. Que rabia no ser española. Decidido, mañana iré al supermercado.>>
Cerré el notebook y solamente me tiré en mi cojín. Lo de agentes de cambio y ayudantes de la revolución me estaba volviendo un poco loca.
Pensé en lo de mañana, de cómo tenía que ir vestida y que pensar en el camino para no ponerme nerviosa. Era solo una lata de anchoas, no podía ser tan malo.

Barcelona, de nuevo nos vemos. Es septiembre y hay un sol tremendo, ni rastros del comienzo de un agotador año estudiantil al frente de nuestros caminos y de un largo o del gastoso verano en las playas que ya van convirtiéndose en recuerdos para muchos. Calor húmedo, si te soy sincera, no te extrañaba, pero eres eso que hace que me sienta diferente aquí. A los cortos pijamas livianos y las piernas totalmente libre de imperfecciones si que los extrañaba.
Miré de un lado a otro, conociendo a fondo la nueva vista desde mi y me entré a la ducha, pero con un poco de música. Lana del Rey era infaltable, aún no me aburría de escuchar una y otra vez su voz.
Una vez afuera, tratando de secarme dentro de lo posible saqué las prendas que escogí ayer medio soñolienta. No me acordé de todas, pero de mis zapatillas blancas y mis pantalones hasta las pantorrillas sí que me acordé. Improvisé mi polera negra larga cortada por mis tijeras y el polerón con bolsillos gris. Los bolsillos no podían faltar. La ropa con olor a Chile, luego de más de 12 horas de viaje, aún estaba con esa esencia… Me dio pena sacarla y ordenarla de inmediato, sentía que iba a perder eso tan especial a penas la moviera.
Pelo, crema, base, labial, lentes, listo. Nunca pensé que usaría esos lentes… Bah, mejor me pongo a caminar. Salí de mi habitación y vi mi nuevo hogar iluminado por la luz del sol por primera vez, la mesa de vidrio y el florero que descansaba arriba de ella con las flores largas amarillas se veían mucho más agradables ahora. Un papel que decía “Llámame. Papá” me detuvo de camino a la puerta. Agarré mi móvil del bolsillo y llamé a mi padre.
-Aló -dijo él. Yo me apoyé en la mesita con una mano mientras hablaba con un hombre sobre una reunión. Comenzaba en 5 min. y al parecer les faltaba el proyector de imágenes. Me miré las zapatillas. Se veían más blancas de lo normal.
-Si papá, soy yo. Dijiste que te llamara.
-Si, si, si. ¿Cómo estás? –me preguntó con ese <ahora sí estoy hablando sólo contigo> de siempre.
-A punto de salir, iré a comprar algo para comer… -Le dije calmada.
-¿Pero viste la cocina? Hay de todo, no necesitas molestarte –me dijo con ternura.
-No, pero ya sabes, quiero algo como mi té helado o mis dulces, etc…
Ahora venía la parte en que me dice que tenga cuidado, que la Rambla es peligrosa, que no le deje de llamar cada una hora, bla. Cuento corto, salí a penas le corté.

-Bon dia baby –dije dramáticamente al entrar al supermercado.
Me dirigí dentro, saqué un canasto y me fui directo al pasillo de los bebestibles. Saqué mi té helado y una leche, y donde las verduras, una cebolla. Ahora me faltaban las anchoas. Pasillo de los congelados y enlatados. Anchoas sin alarma en aceite de oliva. Le miré a los ojos, y luego pensé <<Eres mía>> y al bolsillo con completa seguridad me la metí.
Retrocediendo choqué con alguien.
-Ho sento –le dije preocupada.
La señora me miró feo y palabreó cosas en catalán. Yo solo sabía hablar lo básico, pero supe que al apuntarme al bolsillo se cabreó conmigo.
Si sólo supiera porqué lo hago… <<Teléfono en lata>>, pensé. <<Va a ser una buena idea>>.
Pagué mi té, la leche y la cebolla. Me manejaba bien con los euros, y salió menos que lo que pensé. Recogí mis bolsas y me saqué la lata de anchoas, marqué el número de la señora que se acaba de enojar conmigo y me lo puse en la oreja.
-Mire señora, la lata que saqué es una mugre de dinero tanto para los que la producen como para el supermercado, y a pesar de que ganan tres veces de lo que de verdad cuestan las anchoas, usted o yo pagamos solamente porque “ellos tienen tanta necesidad de mantener sus bolsillos hasta explotar”. -Sabía que estaba hablando demasiado fuerte, pero no me importó eso, si no que iba a medio camino para llegar a la salida y debía apurarme. -Sabe usted que las cosas andan mal cuando se habla de dinero en casa, y no estoy de ánimos hoy en pagar la mierda de dinero que cobran ellos por las anchoas. Las anchoas me llamaban después de todo, me dicen que algo puedo cambiar en el universo del capitalismo en expansión. Quizá para muchos sólo voy a comerme la culpa y se me pasará, pero yo me cocinaré unos deliciosos bocatas de camembert con anchoas para comerme la pena que sigo llevando por el mundo tan capitalista en que vivo. –Hice una pausa no muy segura si iba a terminar mi discurso luego, pero había llegado a la puerta y el guardia me abrió la puerta. Le sonreí y salí del supermercado.
Me guardé la lata en el bolsillo, finalizando la llamada. Llevaba mi rebeldía en forma de celular de lata en el bolsillo y las bolsas en la mano tirándome al suelo en forma de arrastrarme a la rendición. No pensaba en el peso de las bolsas, si no en el de las anchoas.

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