martes, 4 de septiembre de 2012

Solo un paseo...

Y ahí estaba ella... En uno de los tantos lugares del vagón donde ella consideraba "un cómodo y buen lugar para el trayecto", con su cara de perdida y sus angustiosos pensamientos. No había razón para que sintiera tan profundo vacío, pero simplemente estaba así siempre cuando le dejaban sola sin tener algo que hacer. Escuchando música se distraía un poco, pero sólo si era una de sus canciones favoritas. Estudiar le distraía, pero igualmente después de aprenderse y comprender todo, quedaba ella sola, y su mente no se callaba más, y por eso siempre optaba por la única opción efectiva; un buen libro. Un buen libro sin que perdiera el entusiasmo en leerlo, y así mantenerse atenta y activa de buena forma. Pero hoy no tenía un libro. Se bajó en esta estación llamada Cumming y no tenía idea porqué lo había echo. La estación estaba a una moderada distancia de su hogar, pero no acostumbraba a caminar tanto y gastar tanto tiempo, ya que tenía cosas que hacer al llegar, pero simplemente se bajó. Ella no se sentía como otros días. Luego, subiendo la escalera mecánica, se apoyó a un lado con el codo y empezó a observar algunas caras. Ellos bajaban como monstruos estáticos, listos para llegar a su destino y atropellar a todos en su camino, con la mirada fija en el centro de su campo visual y pensando en el cómo se verán al caminar... Los encontró ridículos, pero después se encontró ridícula ella misma; al pensarlo sólo lo pudo haber deducido con ayuda de la experiencia, por lo que ella también había sido un monstruo más de alguna vez. Su boca estaba seca ya que no había hablado hace unos 20 minutos y tenía una manía por lamerse los labios, así que decidió comprarse algo para beber. Una nueva marca de jugo le llamó la atención, y lo compró. No era una persona que fuera arraigada a lo de siempre, pero tampoco alguien que siempre probaba cosas nuevas, por lo que hacer ambas cosas cambiaban su rutina, y le gustaba. El vendedor le vio sacando la botella, y al momento que ella se dio vuelta para ir a la caja, el estaba junto a ella, con la mano alzada pidiendo el producto.
-En caja se paga -dijo mientras sonreía simpáticamente.
A pesar de ser desconfiado, su sonrisa le había parecido simpática y sincera, por lo que no se molestó. Quizás cuantos habían sacado la botella y salido caminando tranquilamente por la calle, pero tampoco tenían que ser tan ingenuos de tener el conservador de líquidos tan cerca de la puerta.
Caminó unos cinco pasos hasta la fila para pagar y se dedicó a sacar la billetera de la mochila... Mientras, escuchaba a una señora, más o menos de la edad de su madre, comentarle algo a la cajera, que tenía unos 60. Percibió que esta última, estaba orgullosa de si misma. No supo si fue porque se sintió inferior a la señora que le pagó con muchas monedas de pequeñas cantidades de peso, o si era porque era más bonita que ella. Cerró su mochila y alcanzó a recibir una de las más sincera y simples sonrisa del día, proveniente de la señora que estaba pagando. Llegó su turno, y antes de que reclamara la boleta, la de 60 tomó el lápiz, calló y terminó con un simple "gracias". Tomó el jugo junto con repetir otra vez la última palabra dicha dedicada al desconfiado y salió a la calle abriendo el jugo. Vio la boleta antes de echársela al bolsillo, y le sorprendió que curiosamente el local tenía por nombre su apellido. Recordaba que hace un tiempo no podía beber y caminar, pero ahora si. Todo necesitaba un poco de calma en su vida, y de a poco, se iba relajando mientras veía a la gente. Sus pasos livianos la acompañaron prolongadamente en el viaje, continuos y demasiado livianos, pero no inestables.
Caminó y caminó, una carnicería (en donde se puso cara de indignación en modo de protesta), un cibercafé, un supermercado, una pizzería de pizzas rancias, etc. Y otro lugar en cual percibió algo que le llamó la atención. Un Sex-Shop. Una pareja iba pasando por allí, y el hombre más cercano sonrió embobado, tirando a su novia a ver aquella tienda. Pensó que si ella hubiera sido una mujer de edad, se hubiera horrorizado, pero ella no, a ella le pareció chistoso.
Pensaba que los árboles y edificios combinaban perfectamente, y que era típico que ahora era cuando ella empezaba a imaginarse fotografías del lugar, a preguntarse cual perspectiva era la mejor, si era conveniente venir de día o de noche, ya que los atardeceres no le gustaban, pero hoy no era ese día, este día ella no se lo preguntó, y se siguió fijando en la gente.
Le pareció ver pasar a una mujer, o adolencente, de unos 28, de esa edad cuando no sabes si es muy adulta o muy adolecente, cuando no sabes si decirle señora o señorita, pero le pareció conocida. No conocida de cara, pero si de aspecto... Se vestía igual de mal.
Un perro le llamó la atención, el cual estaba comiendo algo del suelo. Su pelaje era exótico, demasiado exótico para ser real. Sus ojos se puntuaron específicamente a donde el perro se alimentaba, y no resultaban ser más que cajas. Cajas demasiado amontonadas que se movían de un lado a otro, como la marea del mar, y ella caminaba arriba de éstas... No las tocaba, sentía que flotaba o que una capa de aire la separaba de éstas. Caminar en una plataforma tan desequilibrada no le importó lo más mínimo, no le mareó ni nada parecido, fueron unos pasos completamente normales. No quitó la vista de allí hasta que el perro levantó la cabeza y le gruñó... Tenía cara de tigre y dientes de león.
Miró al frente y vio una persona con la frente alargada, pero más de lo normal. El pelo de la gente ahora tenía distintos colores y el suspiro tenía forma de luces reflectadas en humo... Sonrió coquetamente bajando la mirada al piso y solo siguió nadando, como ella lo denominó.
Al seguir caminando, decidió sacar su reproductor musical, aunque le faltaran 5 minutos para llegar a su casa, pero esta necesitaba algo para complementar la maravilla que creía realizada. Al poner una canción todo cambió. La vestimenta de la gente, sus ojos, la forma de las estructuras, los autos, etc. Todo tenía ondas de diferentes colores, y éstas estaban en movimiento... Le resultó curioso y rió, pero luego cambió la canción... Y de nuevo todo cambió. Era una canción triste, y por lo tanto todos se convirtieron en mimos... Mimos con lágrimas dibujadas, dragones heridos, plumas repartidas por doquier y sauces... Sauces por todos los lados que veía. No la dejó... Pero dejó que las canciones y sus sentimientos bailaran a lo largo del camino, sin detenerse y por siempre soñando.

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