martes, 3 de abril de 2012

Azul

–No puedo hacerlo…
–¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
–Me faltaría azul... –Me dijo con tono vagamente preocupado. Me miró por última vez, y luego posó sus ojos en la tela blanca tratando de encontrar el punto perfecto por donde empezar el nuevo dibujo. Uno que no iba a ser mío y sin exceso de azul.
Le miré confundida, me di media vuelta y empecé a caminar a través de la plaza. Realmente no entendí bien por qué lo dijo, era una obra maestra desde mi punto de vista, y diciéndome que le iba a faltar azul es algo que no voy a entender nunca. ¡Y encima le iba a pagar por pintarlo! No entiendo para qué se propone escuchar ideas, si se niega con tal estúpida excusa.
O quizá no le agradé y punto.
O quizá que ese cuadro nunca debió ser pintado...

Está manejando mientras mira concentradamente al horizonte, sin polera y sin mínima preocupación. Calcula la distancia prudente para no ver más que puntitos en la arena, que terminan siendo personas fuera de su alcance. Mientras ella está en la parte de atrás de la embarcación, en un sillón que está adherido, rayando con fuerza y casi malicia hojas de su cuadernillo. Se siente enojada y apresurada por escribir, sus manos no tenían la suficiente rapidez para alcanzar a su mente y se siente enojada por ello, es una convencida de que las ideas son como el viento y que nunca vuelve a ser iguales. Escribe algo que siempre le ha intrigado, y que nunca podrá descifrar.

Él detiene el bote y se seca la transpiración de sus manos en sus pantalones cortos. Se acerca caminando, mientras mira afuera, a donde ella está. Se agacha un poco y la mira de cerca.
–¿Qué escribes tan entusiasmada? –le dice susurrando al oído.
A ella le da cosquilla el tacto del mentón en su hombro y se encoje un poco.
–Nada, nada. Espera que termino en un ratito –le dice mientras no se despega del papel.
–No, no, no. Tu vienes conmigo ahora –dice dándole el énfasis en la última palabra.
La toma en la misma posición. Ella alcanza a sostener el libro que apoyaba en el borde, y lo tira al sillón. Él la lleva dentro, al dormitorio que tenía la embarcación.
No parece que nada les pusiera nerviosos mientras se besan y cruzan miradas, actuaban con total tranquilidad, como si estuvieran solos en una isla. Aunque es algo muy parecido.
<Me gusta como ríe, me gusta como ella besa.>
Los dos pensándose, los dos sintiendo, hasta que la ropa empezó a molestar en medio de la pasión, del deseo del roce y tacto de sus pieles, de su inmensidad; empezaron lentamente a confiarse el cuerpo del uno al otro. Sin miedo, con total confianza.
Ella comprendía la total inmensidad de todo en medio de la tregua, la sentía. Ella escribía intensamente, con ideas frescas y puras. Hojas sueltas que arrancó del cuadernillo por una extraña razón empezaron a desordenarse, empezaron a tambalear bajo de su lápiz. Escribía con tanto entusiasmo lo que más o menos sería la respuesta a eso que tanto buscaba; la respuesta a ese espacio que todo autor siempre quiso rellenar. Entre los sentimientos y la realidad ella lo tenía, y tan pronto lo poseía, lo perdía mientras  los papeles resbalaron por la borda.
–¡Maldita sea! ¡Ayúdame! Se me ha caído todo a la puta agua, por favor dime que puedes recuperar las hojas, por favor… –Y su voz desvanecía al compás que la tinta se esparcía por todo el papel mojado. Ella quedó mirando resignada y serenamente el agua que se había llevado uno de sus escritos favoritos…
–Amor, no te enfades, si lo tienes aquí –apuntó su corazón –puedes volver a escribirlo…
–No quiero volver a escribirlo. –Terminó de decirlo ausente mientras escribía algo en otra hoja.
Escribió: “SI ENCUENTRAN ESTO, BUSQUEN MIS PAPELES Y DEVÚELVANMENLOS. –Sarah A. A.”  y arrancó el papel. Trató de arrugarlo lo más incorrectamente posible y lo metió a una botella que tenía el peso necesario para irse al fondo del mar. Se asomó al borde y pensó <Justo aquí, se va mi obra más preciada… Solo dejo mi seudónimo, pero para ese entonces me van a reconocer.>  Y soltó la botella, directamente al fondo del mar.
–Linda, ¿te digo algo? Pero no te enojas eh… –Ella lo miró con cara chistosa invitándolo a seguir. –Estás totalmente loca, y te quiero.
Ella corrió a donde él para colgarse en sus brazos.
–Ya verás que estoy en lo cierto, ya verás.

El teléfono sonaba por sexta vez. Ella pensaba que algo debía hacer. Algo tenía que pensar en menos de cinco segundos. 

<Cálmate, cálmate. Uno, dos, tres.>
–¿Si?
–Hola, buenas tardes. Tengo algo suyo. –Escuchó y apenas pensó <Resígnate, lo han encontrado y te han descubierto…  Actúa normal.>
–¿Es usted Sarah “doble A” o no? –Al escuchar lo de la doble A, pensó que era una broma de mal gusto, que alguna persona había encontrado sus escritos escondidos en la web de años anteriores, y quería burlarse de la escritora que nunca recibió alabanzas, esa frustrada en busca de lectores.
–¿Qué quiere? ¿Es otro imbécill que se viene a burlar de mi? La verdad no tengo ni ganas de decirle nada, quédese con que soy una anciana que trató de ser feliz y que no necesita más mierda de otros. –Señora, hemos encontrado unos escritos suyos, unas hojas que fueron encontradas en el mar junto a la botella… ¿Recuerda algo? ¿Son realmente suyos? –Al instante abrió bien los ojos, no podía creer que un recuerdo tan dormido resurgiera de esta manera y tan repentinamente.
–Claro que me acuerdo joven, perdóneme... ¿Los tienen? ¿Se pueden leer?
–En los papeles no, pero su lápiz dejó huella de la escritura y por eso pudimos leer todo… Lo tenemos y se lo podemos mandar impreso, y las hojas originales, igual, aunque no se ve nada como le digo.
–¡Oh! Sí,  mandelas lo más rápido posible.
–Yo misma iré a dejarlos. –Y terminada la conversación, acordó esperarlo. Nerviosa aún, se vistió recordando todo el pasado de su amado, y su presente… Él, era el mismo que la acompañó aquel día que perdió sus escritos.
Toc-Toc. Se dirigió a la puerta y la abrió con una sonrisa en el rostro.
–Buenas tardes señora, mi nombre es Raúl, él que la llamó.
–Pase, pase. ¿Le ofrezco algo? –Dijo en un tono amable, Raúl sonrió.
–Bueno Señora Sarah, –dijo Raúl sacando de su maleta los escritos y carpetas, ella se sintió bien cuando la nombró así, se sintió orgullosa…– Acá esta su escrito en papel, yo mismo lo he descifrado de este otro –le acercó esas hojas que ella tanto recordaba, las mismas que se habían caído por la borda aquel día. –¿Lo vé?
–Claro, es exactamente como lo recuerdo… –Dijo ella hojeando rápidamente su escrito en el papel del siglo XXI, tenía ágil lectura, y reconocía la estructura de su forma de narrar.
–Señora… ¿Le puedo decir algo?
Ella no le prestó atención, sólo asistió. Estaba demasiado emocionada mirando los precisos papeles, que ahora estaban plastificado y escrito con letras claras, las exactas de su obra.
–Este escrito es bueno. –Ella lo miró y lo escuchó atentamente. –Debe publicarlo, se lo digo en seri…
–Ya. –Dijo interrumpiendole. –¿Tiene copias?
–No señora, esta única copia es suya, yo no he guardado nada de esto.
–Gracias.
Raúl comprendió que era su hora de marcharse, ella le ofreció dinero y él se negó, él quedaba completamente satisfecho al haber leído esas espléndidas líneas, que después de la conversación, sabía que nunca más las iba a volver a leer, y nadie, nunca. Su trabajo cada día le impresionaba más, pero aseguró que esto dejó la vara muy alta.
Por tres horas seguidas leyó el escrito, una y otra vez. Hasta que su puerta se derrumbó, y empezó a decir cada una de las líneas en voz alta.  Las palabras las había memorizado, y las leía con una gracia inmensa mientras los policías entraban. Ffinalmente la sostuvieron, pero ellla seguía diciendo una y otra vez sus líneas, hasta que llegada la última, vio cómo sacaban el cuerpo de su amado fuera de su casa, y cayó desplomada al suelo.

Paseaba por la plaza, quería comprar un cuadro. Esa plaza era la más hermosa que en mi vida había visitado, y el arte que vendían era precioso. Caminé y miré minuciosamente cada cuadro por horas, algo promedio que me demoraba cada día, hasta que llegué a ver un último; uno que me dejó pensando. Figuraba una simple joven escribiendo en un sillón de un yate… Pero, tenía mucho azul.

Un recuerdo se me vino rápidamente a la mente, y me exalté.
–Perdone, ¿usted pintó este cuadro?
–Si… –Al ver que la persona que se asomaba tenía no más de veinte años, me reí. Era imposible, habían pasado 40 años ya… Era imposible.
Seguí mirando el cuadro, había algo que me descomponía al verlo, no lo soportaba. Los ojos, el azul, sus manos, el yate. <Nunca se debió haber pintado este cuadro.> Me causaba náuseas…

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