lunes, 27 de mayo de 2013

Cinco poemas de una prostituta.

Me pagan dólares que sacan
de aquella billetera,
esa donde tienen fotos
de su esposa e hijas.
Saca los billetes con
sus dedos,
dedos que me tocaron con ansiedad,
con necesidad,
esos dedos que huelen a mi cuerpo.
Y yo quedaré solamente
en ese lado
donde sus dedos rozaron
la billetera, mientras las fotos
durarán toda la eternidad.

____________________________




Me desean, lo sé.
Los mantengo en el placer
y en el éxtasis por un momento.
Yo no, lo tengo claro.
Me gusta vestirme bien,
me gusta tener dinero.
Me gusta dar placer,
hacerlos retorcer,
pero más me gusta
complacerme con pequeños detalles,
esos que yo misma me doy.
Yo importo, ellos no.

_____________________________



Nunca les miraba la cara,
nunca les miré los ojos ni les pregunté su nombre,
hasta que llegó uno que lo hizo, y hablamos.
Hablamos, hablamos,
todo de mi, nada de él.
Lo hicimos con amor,
como nunca lo había hecho con alguien,
ahora él me hacía retorcerme del éxtasis y placer,
pero nunca lo volví a ver.
Desde ése día, les miro el rostro,
esperando que sea él,
que sea de nuevo él.

______________________________


Mi cuerpo es el deseo,
el deseo es el sexo.
Las llamas están en mi cuerpo,
el señor está en llamas.
Mi cuerpo tiene placer,
placer adictivo, placer enfermo,
placer con un desconocido.

___________________


Lujuria
Eso que todos creen que es tan impuro.
Ese deseo sexual que es tan común,
y a la vez un tabú.
Los curas son lujuriosos,
las profesoras,
las enfermeras.
¿Por qué te asustas cuando te ofrezco sexo?
Asústate más cuando un cura te lo ofrezca,
pero a mi no me pongas esas caras.

Después de ti no hay nada

La noche estaba fría y oscura, es asfalto estaba mojado dándole un aspecto congelado y nadie circulaba por las calles a estas horas, no era normal ver tránsito a las dos de la mañana en un barrio acomodado. Yo me sentía perdido y triste, no dejaba de pensar que este problema acabaría con mi vida algún día, y quizá, este era el día. A lo mejor era el día en que todo se sabría y yo quedaría abandonado... Incluso, sin ella. Pero la pasión y el deseo era mayor, necesitábamos pasar un momento a solas, juntos, luego de tanto tiempo de miradas sufridas, con un deseo escondido debajo de la pena. Eso era lo que veía en sus ojos, y yo sabía que era verdad. Yo le amaba y con la vida, pero era mi peor error de todos. Necesitábamos esa noche, solo una para calmar este deseo, esta pasión que a ambos nos supera día a día.
Ella, novia de mi hermano gemelo Tom, se llamaba Maia y la conocía hace un año y medio, unos meses antes de que fueran novios... Nunca nos hablamos, ya que las miradas (iguales a las de ahora) iban y venían y ninguno se atrevía a acercarse. Éramos muy tímidos, al igual que ahora, solo que ahora el miedo se apoderó de ambos y cada vez es mayor. Las miradas nos podía delatar, ya que decían mucho.
Ella es el verdadero amor de Tom, ese que siempre buscó, y creo que también era mi amor, el de mi vida... Esto estaba mal, teníamos que parar. Pero al pensar esto, la pena y desesperación era muy grande y me ponía a pensar que si tenemos que parar, será después de esa noche, porque yo no estaba dispuesto a sufrir y no recibir nada... Es egoísta mi pensamiento, extremadamente, pero bueno, esto me superaba.
Caminé a mi dirección, sin apuro alguno, un buen rato mientras me congelaba poco a poco, hasta que por fin llegué a ese local donde celebraban el cumpleaños de mi hermano. Metí más mis manos a mis bolsillos en busca de algún calor. De afuera se veían las luces y se escuchaba el retumbar de la música. Entré un poco intimidado, no quería causar atención alguna, solo venía a saludar a Tom y decirle que me iba, para que crea que pasé un buen rato allí. No soportaba estar mucho en presencia de ella. El alma me dolía al verla a mi lado y no poder tocarla.
-¡Bill! -Escuché gritar a Tom, y debo decir que me pilló desprevenido y pegué un ridículo salto. Tenía un vaso en su mano, y bueno su tono lo delataba... Estaba borracho. Que novedad. Noten mi ironía.- ¡Querido hermano! -Se acercó a mi lado y me rodeó con sus brazos. Su volumen era algo exagerado... Pero bueno, la música estaba bastante fuerte y con su borrachera el no se preocupaba de esas cosas. Cosas inservibles que yo siempre me fijaba.
-Tom... -Dije con un tono un poco adolorido.- La pasé muy bien, pero ahora me iré a descansar. Estoy cansado.
-¡Viejo! ¡ Acabas de llegar! ¡Te vi!
-No Tom, solo que salí a tomar un poco de aire -le mentí.
-Ya... ¡Pero quédate un poco más! Baila un poco, te hace falta.
El contacto visual con Tom me dolía y me quemaba el alma de culpa... Yo las estaba cagando.

Decidí, o más bien, me convenció a quedarme un poco más... Me fui al bar a pedir unos tragos, y allí estaba ella. Al verla me quedé helado, y ella abrió los ojos como plato. Algo me anticipó lo que venía. Salió con su vodka un poco apurada hacia la izquierda, alejándose de mi. No pude evitarlo, luché contra mi corazón pero este, más la desesperación me ganó y salí corriendo hacia ella. Iba en dirección al baño, pero corrí más rápido y la tomé de su brazo izquierdo, un poco fuerte debo decir. Se volteó y me miró la cara... Sus ojos eran hermosos, verdes y brillosos...
Algo dialogamos con la mirada... Le solté lentamente el brazo, acariciándola un poco... El roce era agradable. Empecé a caminar a la salida, mirando de reojo para saber si seguía a mi lado cada algunos pasos que daba. Y ella me seguía tímidamente, no mirando a los lados para que no se dieran cuenta que la novia del protagonista de la noche se marchaba con su hermano... Sonaba, y admito, era feo.

Nos besábamos y tocábamos sin parar... Se notaba todo lo que tuvimos que aguantar para por fin poder disfrutar nuestro momento. Exploramos como unos locos nuestros cuerpos, las sábanas nos abrazaban a ambos y nos hacían un refugio para poder disfrutar lo que por fin se cumplió, después de tantas palabras sin decir, después de tantas miradas que lo decían todo.
Debo decir que con ella casi nunca cruzaba palabras, y cuando lo hacía, era con la presencia de Tom... O sea, eran falsas. Nunca habíamos hablado de nuestros sentimientos, no era necesario.
Me tenía obsesionado su olor... Su calor me envolvía de una forma que nunca había sentido, su tacto me causaba más deseo que cualquier otra cosa en mi vida y su presencia, sin nadie que nos molestara, era algo demasiado alegre, me ponía completamente feliz estar con ella en estas circunstancias.


Me despertó su roce, me acariciaba lentamente el pecho con su índice... Dibujaba letras, formas y otras cosas que no pude descifrar. Lentamente abrí mis ojos y la miré... Ambos desnudos, sobre mi cama. Ella tenía un brillo realmente especial. De repente escuché la puerta sonar, alguien llamaba.
-¿Si? -Dije algo asustado.
-Bill... ¿Estás solo?
Era Tom, mi mundo se paró, puse los ojos como plato y sin darme cuenta Maia ya estaba en la puerta, con una sábana tapando su cuerpo desnudo. Le abrió.
-Estaba conmigo.

martes, 4 de septiembre de 2012

Solo un paseo...

Y ahí estaba ella... En uno de los tantos lugares del vagón donde ella consideraba "un cómodo y buen lugar para el trayecto", con su cara de perdida y sus angustiosos pensamientos. No había razón para que sintiera tan profundo vacío, pero simplemente estaba así siempre cuando le dejaban sola sin tener algo que hacer. Escuchando música se distraía un poco, pero sólo si era una de sus canciones favoritas. Estudiar le distraía, pero igualmente después de aprenderse y comprender todo, quedaba ella sola, y su mente no se callaba más, y por eso siempre optaba por la única opción efectiva; un buen libro. Un buen libro sin que perdiera el entusiasmo en leerlo, y así mantenerse atenta y activa de buena forma. Pero hoy no tenía un libro. Se bajó en esta estación llamada Cumming y no tenía idea porqué lo había echo. La estación estaba a una moderada distancia de su hogar, pero no acostumbraba a caminar tanto y gastar tanto tiempo, ya que tenía cosas que hacer al llegar, pero simplemente se bajó. Ella no se sentía como otros días. Luego, subiendo la escalera mecánica, se apoyó a un lado con el codo y empezó a observar algunas caras. Ellos bajaban como monstruos estáticos, listos para llegar a su destino y atropellar a todos en su camino, con la mirada fija en el centro de su campo visual y pensando en el cómo se verán al caminar... Los encontró ridículos, pero después se encontró ridícula ella misma; al pensarlo sólo lo pudo haber deducido con ayuda de la experiencia, por lo que ella también había sido un monstruo más de alguna vez. Su boca estaba seca ya que no había hablado hace unos 20 minutos y tenía una manía por lamerse los labios, así que decidió comprarse algo para beber. Una nueva marca de jugo le llamó la atención, y lo compró. No era una persona que fuera arraigada a lo de siempre, pero tampoco alguien que siempre probaba cosas nuevas, por lo que hacer ambas cosas cambiaban su rutina, y le gustaba. El vendedor le vio sacando la botella, y al momento que ella se dio vuelta para ir a la caja, el estaba junto a ella, con la mano alzada pidiendo el producto.
-En caja se paga -dijo mientras sonreía simpáticamente.
A pesar de ser desconfiado, su sonrisa le había parecido simpática y sincera, por lo que no se molestó. Quizás cuantos habían sacado la botella y salido caminando tranquilamente por la calle, pero tampoco tenían que ser tan ingenuos de tener el conservador de líquidos tan cerca de la puerta.
Caminó unos cinco pasos hasta la fila para pagar y se dedicó a sacar la billetera de la mochila... Mientras, escuchaba a una señora, más o menos de la edad de su madre, comentarle algo a la cajera, que tenía unos 60. Percibió que esta última, estaba orgullosa de si misma. No supo si fue porque se sintió inferior a la señora que le pagó con muchas monedas de pequeñas cantidades de peso, o si era porque era más bonita que ella. Cerró su mochila y alcanzó a recibir una de las más sincera y simples sonrisa del día, proveniente de la señora que estaba pagando. Llegó su turno, y antes de que reclamara la boleta, la de 60 tomó el lápiz, calló y terminó con un simple "gracias". Tomó el jugo junto con repetir otra vez la última palabra dicha dedicada al desconfiado y salió a la calle abriendo el jugo. Vio la boleta antes de echársela al bolsillo, y le sorprendió que curiosamente el local tenía por nombre su apellido. Recordaba que hace un tiempo no podía beber y caminar, pero ahora si. Todo necesitaba un poco de calma en su vida, y de a poco, se iba relajando mientras veía a la gente. Sus pasos livianos la acompañaron prolongadamente en el viaje, continuos y demasiado livianos, pero no inestables.
Caminó y caminó, una carnicería (en donde se puso cara de indignación en modo de protesta), un cibercafé, un supermercado, una pizzería de pizzas rancias, etc. Y otro lugar en cual percibió algo que le llamó la atención. Un Sex-Shop. Una pareja iba pasando por allí, y el hombre más cercano sonrió embobado, tirando a su novia a ver aquella tienda. Pensó que si ella hubiera sido una mujer de edad, se hubiera horrorizado, pero ella no, a ella le pareció chistoso.
Pensaba que los árboles y edificios combinaban perfectamente, y que era típico que ahora era cuando ella empezaba a imaginarse fotografías del lugar, a preguntarse cual perspectiva era la mejor, si era conveniente venir de día o de noche, ya que los atardeceres no le gustaban, pero hoy no era ese día, este día ella no se lo preguntó, y se siguió fijando en la gente.
Le pareció ver pasar a una mujer, o adolencente, de unos 28, de esa edad cuando no sabes si es muy adulta o muy adolecente, cuando no sabes si decirle señora o señorita, pero le pareció conocida. No conocida de cara, pero si de aspecto... Se vestía igual de mal.
Un perro le llamó la atención, el cual estaba comiendo algo del suelo. Su pelaje era exótico, demasiado exótico para ser real. Sus ojos se puntuaron específicamente a donde el perro se alimentaba, y no resultaban ser más que cajas. Cajas demasiado amontonadas que se movían de un lado a otro, como la marea del mar, y ella caminaba arriba de éstas... No las tocaba, sentía que flotaba o que una capa de aire la separaba de éstas. Caminar en una plataforma tan desequilibrada no le importó lo más mínimo, no le mareó ni nada parecido, fueron unos pasos completamente normales. No quitó la vista de allí hasta que el perro levantó la cabeza y le gruñó... Tenía cara de tigre y dientes de león.
Miró al frente y vio una persona con la frente alargada, pero más de lo normal. El pelo de la gente ahora tenía distintos colores y el suspiro tenía forma de luces reflectadas en humo... Sonrió coquetamente bajando la mirada al piso y solo siguió nadando, como ella lo denominó.
Al seguir caminando, decidió sacar su reproductor musical, aunque le faltaran 5 minutos para llegar a su casa, pero esta necesitaba algo para complementar la maravilla que creía realizada. Al poner una canción todo cambió. La vestimenta de la gente, sus ojos, la forma de las estructuras, los autos, etc. Todo tenía ondas de diferentes colores, y éstas estaban en movimiento... Le resultó curioso y rió, pero luego cambió la canción... Y de nuevo todo cambió. Era una canción triste, y por lo tanto todos se convirtieron en mimos... Mimos con lágrimas dibujadas, dragones heridos, plumas repartidas por doquier y sauces... Sauces por todos los lados que veía. No la dejó... Pero dejó que las canciones y sus sentimientos bailaran a lo largo del camino, sin detenerse y por siempre soñando.

Un gusto ambiguo.


Se me hace raro volver a esto de nuevo. Aquí o allí, todo está igual.
-¿Viste la luna hija? –me dijo mi padre desde el pasillo asustándome un poco con su tono normal de voz.
Doy vuelta la cabeza y miro mi ventana. Esa ventana que transparente y estática ha reflejados momentos pasados que ya casi he olvidado. Un poco más allá de los libros imaginarios que se reflejan de la estantería, hay algo más, una luna gigantesca brillando en la oscuridad. No puedo apreciar bien su majestuosidad, estoy pegadísima a las letras que emanan del computador, esta entrada ha sido especial. No veía la página hace meses, pero esta sí ha sido la decisiva.
<<Lo morao’, free Winona. Que rabia no ser española. Decidido, mañana iré al supermercado.>>
Cerré el notebook y solamente me tiré en mi cojín. Lo de agentes de cambio y ayudantes de la revolución me estaba volviendo un poco loca.
Pensé en lo de mañana, de cómo tenía que ir vestida y que pensar en el camino para no ponerme nerviosa. Era solo una lata de anchoas, no podía ser tan malo.

Barcelona, de nuevo nos vemos. Es septiembre y hay un sol tremendo, ni rastros del comienzo de un agotador año estudiantil al frente de nuestros caminos y de un largo o del gastoso verano en las playas que ya van convirtiéndose en recuerdos para muchos. Calor húmedo, si te soy sincera, no te extrañaba, pero eres eso que hace que me sienta diferente aquí. A los cortos pijamas livianos y las piernas totalmente libre de imperfecciones si que los extrañaba.
Miré de un lado a otro, conociendo a fondo la nueva vista desde mi y me entré a la ducha, pero con un poco de música. Lana del Rey era infaltable, aún no me aburría de escuchar una y otra vez su voz.
Una vez afuera, tratando de secarme dentro de lo posible saqué las prendas que escogí ayer medio soñolienta. No me acordé de todas, pero de mis zapatillas blancas y mis pantalones hasta las pantorrillas sí que me acordé. Improvisé mi polera negra larga cortada por mis tijeras y el polerón con bolsillos gris. Los bolsillos no podían faltar. La ropa con olor a Chile, luego de más de 12 horas de viaje, aún estaba con esa esencia… Me dio pena sacarla y ordenarla de inmediato, sentía que iba a perder eso tan especial a penas la moviera.
Pelo, crema, base, labial, lentes, listo. Nunca pensé que usaría esos lentes… Bah, mejor me pongo a caminar. Salí de mi habitación y vi mi nuevo hogar iluminado por la luz del sol por primera vez, la mesa de vidrio y el florero que descansaba arriba de ella con las flores largas amarillas se veían mucho más agradables ahora. Un papel que decía “Llámame. Papá” me detuvo de camino a la puerta. Agarré mi móvil del bolsillo y llamé a mi padre.
-Aló -dijo él. Yo me apoyé en la mesita con una mano mientras hablaba con un hombre sobre una reunión. Comenzaba en 5 min. y al parecer les faltaba el proyector de imágenes. Me miré las zapatillas. Se veían más blancas de lo normal.
-Si papá, soy yo. Dijiste que te llamara.
-Si, si, si. ¿Cómo estás? –me preguntó con ese <ahora sí estoy hablando sólo contigo> de siempre.
-A punto de salir, iré a comprar algo para comer… -Le dije calmada.
-¿Pero viste la cocina? Hay de todo, no necesitas molestarte –me dijo con ternura.
-No, pero ya sabes, quiero algo como mi té helado o mis dulces, etc…
Ahora venía la parte en que me dice que tenga cuidado, que la Rambla es peligrosa, que no le deje de llamar cada una hora, bla. Cuento corto, salí a penas le corté.

-Bon dia baby –dije dramáticamente al entrar al supermercado.
Me dirigí dentro, saqué un canasto y me fui directo al pasillo de los bebestibles. Saqué mi té helado y una leche, y donde las verduras, una cebolla. Ahora me faltaban las anchoas. Pasillo de los congelados y enlatados. Anchoas sin alarma en aceite de oliva. Le miré a los ojos, y luego pensé <<Eres mía>> y al bolsillo con completa seguridad me la metí.
Retrocediendo choqué con alguien.
-Ho sento –le dije preocupada.
La señora me miró feo y palabreó cosas en catalán. Yo solo sabía hablar lo básico, pero supe que al apuntarme al bolsillo se cabreó conmigo.
Si sólo supiera porqué lo hago… <<Teléfono en lata>>, pensé. <<Va a ser una buena idea>>.
Pagué mi té, la leche y la cebolla. Me manejaba bien con los euros, y salió menos que lo que pensé. Recogí mis bolsas y me saqué la lata de anchoas, marqué el número de la señora que se acaba de enojar conmigo y me lo puse en la oreja.
-Mire señora, la lata que saqué es una mugre de dinero tanto para los que la producen como para el supermercado, y a pesar de que ganan tres veces de lo que de verdad cuestan las anchoas, usted o yo pagamos solamente porque “ellos tienen tanta necesidad de mantener sus bolsillos hasta explotar”. -Sabía que estaba hablando demasiado fuerte, pero no me importó eso, si no que iba a medio camino para llegar a la salida y debía apurarme. -Sabe usted que las cosas andan mal cuando se habla de dinero en casa, y no estoy de ánimos hoy en pagar la mierda de dinero que cobran ellos por las anchoas. Las anchoas me llamaban después de todo, me dicen que algo puedo cambiar en el universo del capitalismo en expansión. Quizá para muchos sólo voy a comerme la culpa y se me pasará, pero yo me cocinaré unos deliciosos bocatas de camembert con anchoas para comerme la pena que sigo llevando por el mundo tan capitalista en que vivo. –Hice una pausa no muy segura si iba a terminar mi discurso luego, pero había llegado a la puerta y el guardia me abrió la puerta. Le sonreí y salí del supermercado.
Me guardé la lata en el bolsillo, finalizando la llamada. Llevaba mi rebeldía en forma de celular de lata en el bolsillo y las bolsas en la mano tirándome al suelo en forma de arrastrarme a la rendición. No pensaba en el peso de las bolsas, si no en el de las anchoas.

martes, 3 de abril de 2012

Azul

–No puedo hacerlo…
–¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
–Me faltaría azul... –Me dijo con tono vagamente preocupado. Me miró por última vez, y luego posó sus ojos en la tela blanca tratando de encontrar el punto perfecto por donde empezar el nuevo dibujo. Uno que no iba a ser mío y sin exceso de azul.
Le miré confundida, me di media vuelta y empecé a caminar a través de la plaza. Realmente no entendí bien por qué lo dijo, era una obra maestra desde mi punto de vista, y diciéndome que le iba a faltar azul es algo que no voy a entender nunca. ¡Y encima le iba a pagar por pintarlo! No entiendo para qué se propone escuchar ideas, si se niega con tal estúpida excusa.
O quizá no le agradé y punto.
O quizá que ese cuadro nunca debió ser pintado...

Está manejando mientras mira concentradamente al horizonte, sin polera y sin mínima preocupación. Calcula la distancia prudente para no ver más que puntitos en la arena, que terminan siendo personas fuera de su alcance. Mientras ella está en la parte de atrás de la embarcación, en un sillón que está adherido, rayando con fuerza y casi malicia hojas de su cuadernillo. Se siente enojada y apresurada por escribir, sus manos no tenían la suficiente rapidez para alcanzar a su mente y se siente enojada por ello, es una convencida de que las ideas son como el viento y que nunca vuelve a ser iguales. Escribe algo que siempre le ha intrigado, y que nunca podrá descifrar.

Él detiene el bote y se seca la transpiración de sus manos en sus pantalones cortos. Se acerca caminando, mientras mira afuera, a donde ella está. Se agacha un poco y la mira de cerca.
–¿Qué escribes tan entusiasmada? –le dice susurrando al oído.
A ella le da cosquilla el tacto del mentón en su hombro y se encoje un poco.
–Nada, nada. Espera que termino en un ratito –le dice mientras no se despega del papel.
–No, no, no. Tu vienes conmigo ahora –dice dándole el énfasis en la última palabra.
La toma en la misma posición. Ella alcanza a sostener el libro que apoyaba en el borde, y lo tira al sillón. Él la lleva dentro, al dormitorio que tenía la embarcación.
No parece que nada les pusiera nerviosos mientras se besan y cruzan miradas, actuaban con total tranquilidad, como si estuvieran solos en una isla. Aunque es algo muy parecido.
<Me gusta como ríe, me gusta como ella besa.>
Los dos pensándose, los dos sintiendo, hasta que la ropa empezó a molestar en medio de la pasión, del deseo del roce y tacto de sus pieles, de su inmensidad; empezaron lentamente a confiarse el cuerpo del uno al otro. Sin miedo, con total confianza.
Ella comprendía la total inmensidad de todo en medio de la tregua, la sentía. Ella escribía intensamente, con ideas frescas y puras. Hojas sueltas que arrancó del cuadernillo por una extraña razón empezaron a desordenarse, empezaron a tambalear bajo de su lápiz. Escribía con tanto entusiasmo lo que más o menos sería la respuesta a eso que tanto buscaba; la respuesta a ese espacio que todo autor siempre quiso rellenar. Entre los sentimientos y la realidad ella lo tenía, y tan pronto lo poseía, lo perdía mientras  los papeles resbalaron por la borda.
–¡Maldita sea! ¡Ayúdame! Se me ha caído todo a la puta agua, por favor dime que puedes recuperar las hojas, por favor… –Y su voz desvanecía al compás que la tinta se esparcía por todo el papel mojado. Ella quedó mirando resignada y serenamente el agua que se había llevado uno de sus escritos favoritos…
–Amor, no te enfades, si lo tienes aquí –apuntó su corazón –puedes volver a escribirlo…
–No quiero volver a escribirlo. –Terminó de decirlo ausente mientras escribía algo en otra hoja.
Escribió: “SI ENCUENTRAN ESTO, BUSQUEN MIS PAPELES Y DEVÚELVANMENLOS. –Sarah A. A.”  y arrancó el papel. Trató de arrugarlo lo más incorrectamente posible y lo metió a una botella que tenía el peso necesario para irse al fondo del mar. Se asomó al borde y pensó <Justo aquí, se va mi obra más preciada… Solo dejo mi seudónimo, pero para ese entonces me van a reconocer.>  Y soltó la botella, directamente al fondo del mar.
–Linda, ¿te digo algo? Pero no te enojas eh… –Ella lo miró con cara chistosa invitándolo a seguir. –Estás totalmente loca, y te quiero.
Ella corrió a donde él para colgarse en sus brazos.
–Ya verás que estoy en lo cierto, ya verás.

El teléfono sonaba por sexta vez. Ella pensaba que algo debía hacer. Algo tenía que pensar en menos de cinco segundos. 

<Cálmate, cálmate. Uno, dos, tres.>
–¿Si?
–Hola, buenas tardes. Tengo algo suyo. –Escuchó y apenas pensó <Resígnate, lo han encontrado y te han descubierto…  Actúa normal.>
–¿Es usted Sarah “doble A” o no? –Al escuchar lo de la doble A, pensó que era una broma de mal gusto, que alguna persona había encontrado sus escritos escondidos en la web de años anteriores, y quería burlarse de la escritora que nunca recibió alabanzas, esa frustrada en busca de lectores.
–¿Qué quiere? ¿Es otro imbécill que se viene a burlar de mi? La verdad no tengo ni ganas de decirle nada, quédese con que soy una anciana que trató de ser feliz y que no necesita más mierda de otros. –Señora, hemos encontrado unos escritos suyos, unas hojas que fueron encontradas en el mar junto a la botella… ¿Recuerda algo? ¿Son realmente suyos? –Al instante abrió bien los ojos, no podía creer que un recuerdo tan dormido resurgiera de esta manera y tan repentinamente.
–Claro que me acuerdo joven, perdóneme... ¿Los tienen? ¿Se pueden leer?
–En los papeles no, pero su lápiz dejó huella de la escritura y por eso pudimos leer todo… Lo tenemos y se lo podemos mandar impreso, y las hojas originales, igual, aunque no se ve nada como le digo.
–¡Oh! Sí,  mandelas lo más rápido posible.
–Yo misma iré a dejarlos. –Y terminada la conversación, acordó esperarlo. Nerviosa aún, se vistió recordando todo el pasado de su amado, y su presente… Él, era el mismo que la acompañó aquel día que perdió sus escritos.
Toc-Toc. Se dirigió a la puerta y la abrió con una sonrisa en el rostro.
–Buenas tardes señora, mi nombre es Raúl, él que la llamó.
–Pase, pase. ¿Le ofrezco algo? –Dijo en un tono amable, Raúl sonrió.
–Bueno Señora Sarah, –dijo Raúl sacando de su maleta los escritos y carpetas, ella se sintió bien cuando la nombró así, se sintió orgullosa…– Acá esta su escrito en papel, yo mismo lo he descifrado de este otro –le acercó esas hojas que ella tanto recordaba, las mismas que se habían caído por la borda aquel día. –¿Lo vé?
–Claro, es exactamente como lo recuerdo… –Dijo ella hojeando rápidamente su escrito en el papel del siglo XXI, tenía ágil lectura, y reconocía la estructura de su forma de narrar.
–Señora… ¿Le puedo decir algo?
Ella no le prestó atención, sólo asistió. Estaba demasiado emocionada mirando los precisos papeles, que ahora estaban plastificado y escrito con letras claras, las exactas de su obra.
–Este escrito es bueno. –Ella lo miró y lo escuchó atentamente. –Debe publicarlo, se lo digo en seri…
–Ya. –Dijo interrumpiendole. –¿Tiene copias?
–No señora, esta única copia es suya, yo no he guardado nada de esto.
–Gracias.
Raúl comprendió que era su hora de marcharse, ella le ofreció dinero y él se negó, él quedaba completamente satisfecho al haber leído esas espléndidas líneas, que después de la conversación, sabía que nunca más las iba a volver a leer, y nadie, nunca. Su trabajo cada día le impresionaba más, pero aseguró que esto dejó la vara muy alta.
Por tres horas seguidas leyó el escrito, una y otra vez. Hasta que su puerta se derrumbó, y empezó a decir cada una de las líneas en voz alta.  Las palabras las había memorizado, y las leía con una gracia inmensa mientras los policías entraban. Ffinalmente la sostuvieron, pero ellla seguía diciendo una y otra vez sus líneas, hasta que llegada la última, vio cómo sacaban el cuerpo de su amado fuera de su casa, y cayó desplomada al suelo.

Paseaba por la plaza, quería comprar un cuadro. Esa plaza era la más hermosa que en mi vida había visitado, y el arte que vendían era precioso. Caminé y miré minuciosamente cada cuadro por horas, algo promedio que me demoraba cada día, hasta que llegué a ver un último; uno que me dejó pensando. Figuraba una simple joven escribiendo en un sillón de un yate… Pero, tenía mucho azul.

Un recuerdo se me vino rápidamente a la mente, y me exalté.
–Perdone, ¿usted pintó este cuadro?
–Si… –Al ver que la persona que se asomaba tenía no más de veinte años, me reí. Era imposible, habían pasado 40 años ya… Era imposible.
Seguí mirando el cuadro, había algo que me descomponía al verlo, no lo soportaba. Los ojos, el azul, sus manos, el yate. <Nunca se debió haber pintado este cuadro.> Me causaba náuseas…

Al ver que el enemigo les apuntaba directo, le dijo:
-Estamos solos.
Ella se dio cuenta, y de inmediato pensó que no les dispararían. Eran solo ellos dos, y analizó que sería demasiado inútil si lo hicieran, desperdiciarían el tiempo y todo lo demás. Ella sólo se preocupó en verle el rostro y pedirle tímidamente un te quiero con la mirada... Pero de repente, algo le golpeó la cabeza. Sólo sintió el golpe contra su pecho, y después comprendió lo que pasaba; estaba siendo disparada... Se aferró a el, mientras de reojo le vio mojarse. Después solo pudo bajar la cabeza y tratar de escupir el líquido que les lanzaban, y luego... Quedaron solos. Nuevamente. Inmóviles, incapaces de abrir los ojos, preocupados del uno y el otro, tocándose y tratando de comunicarse. Había sido una injusticia la razón por la que fueron atacados, pero ella no pensaba en eso, y el le pedía disculpas, pero ella no le encontraba el sentido. Gente se acercó a ayudarles, pero ellos apenas podían moverse, y no eran capaces mirarse, pero ya pasaría... Al cabo de unos minutos, ya podrían estar tranquilos de nuevo... 
-Pero estábamos juntos.